lunes, 26 de mayo de 2014

Orígenes y desarrollo del Movimiento Femenino

Desde las posiciones burguesas, la cuestión femenina siempre se ha tratado de presentar como interclasista y aglutinadora de todas las mujeres en torno a unas reivindicaciones comunes; de este modo, se han querido velar las diferencias de clase, pero éstas siempre han estado presentes y, ya desde sus inicios, se puede constatar la diferencia de intereses y planteamientos, atendiendo a su distinta posición de clase. La cuestión femenina no fue planteada abiertamente y con una clarificación de objetivos hasta mediados del siglo pasado; sin embargo, tuvo sus inicios en la época de las revoluciones burguesas, particularmente en Francia, cuya economía era, por aquel entonces, fundamentalmente manufacturera.

Para el feminismo burgués, la cuestión femenina surge gracias a las ideas aportadas por algunos ilustres filósofos del siglo XVIII y por la acción de unas cuantas mujeres decididas, que sacaron a la palestra la falta de derechos de la mujer. Pero esta apreciación es completamente falsa. Esas decididas mujeres no hubieran podido plantear nunca la cuestión femenina si las mujeres del pueblo, en un número importante, no se hubieran incorporado a la producción social y si la sociedad no hubiera reconocido como necesaria su fuerza de trabajo. La Revolución Inglesa, la lucha de Norteamérica por su independencia y la Revolución Francesa demostraron que fue la incorporación de la mujer a la producción social lo que abrió el camino e hizo posible la lucha por la igualdad de derechos, y no a la inversa como se nos ha querido hacer creer.
En la Revolución Francesa, las mujeres del pueblo exigían el libre acceso a todas las profesiones y oficios. ¡Libertad de trabajo! era la consigna que las unía a sus compañeros de clase, empeñados en acabar con los cotos y barreras del régimen feudal. Estas reivindicaciones -que no eran únicamente femeninas, sino propias de los intereses del conjunto del incipiente proletariado francés- debían permitir a decenas de miles de mujeres, que padecían miseria y hambre, escapar de la pobreza y de la prostitución. La participación de las mujeres de los arrabales de París en la Revolución está reconocida por todos los historiadores, sobre todo por los más reaccionarios, quienes no dudan en presentarlas como salvajes, sanguinarias, etc. Por su parte, las feministas no conceden importancia alguna a aquella primera confrontación revolucionaria de las mujeres trabajadoras. A este respecto, Victoria Sau dice:

Las mujeres, en su mayoría, toman parte en la revolución para defender los derechos de sus maridos, de sus hijos y de sus padres y hermanos, pero tan inmersas se hallan en el contexto de su no valencia que no reclaman lo que como individuo les pertenece. ¡Tan extasiadas están en el culto a lo masculino!... Algunas mujeres de la burguesía, más cultas que las del pueblo, quienes no ven mas que por los derechos de sus hombres, fundan clubs políticos, periódicos.

Para demostrar esto, menciona únicamente a algunas destacadas mujeres burguesas -la mayoría pertenecientes a la reacción girondina- y olvida, por completo, que las mujeres trabajadoras de París participaron con las armas en la mano en la toma de La Bastilla y que, en una impresionante manifestación, encabezada por Rose Lacombe, se dirigieron a Versalles y obligaron a los reyes a regresar a París. Y olvida que, también entre las propias mujeres trabajadoras, surgieron destacadas figuras que conservan un lugar de honor en la historia. Una de ellas, fue la mencionada Rose Lacombe que, junto a la lavandera Pauline Leonie, fundaron un club de mujeres revolucionarias que, con los jacobinos, encabezaron la lucha contra la reacción girondina. Rose Lacombe incitaba a las mujeres a que no exigieran derechos especiales, sino que defendieran sus intereses en calidad de miembros de la clase obrera y, como tales, las obreras a domicilio asistían a las sesiones de la Asamblea Nacional sin dejar, por ello, de calcetar.

Mientras tanto, desde las posiciones burguesas, en la Revolución Francesa se planteaba la reivindicación de la igualdad política, lo que no era una cuestión candente, en esos momentos, para la mujer trabajadora. Así, mientras el movimiento feminista burgués se desarrolló a partir de la consigna Igualdad de derechos, la primera consigna de las obreras fue «Derecho al trabajo», ya que intuían que esta reivindicación y la supresión de las trabas feudales sentarían las bases para la futura conquista de otros derechos.

A mediados del siglo XIX, podemos decir que ya se habían configurado, en la mayoría de los países capitalistas, las organizaciones feministas; su lucha se circunscribía, fundamentalmente, a lograr la igualdad de la mujer respecto al hombre, por el derecho al voto, por el derecho a la instrucción, etc. No obstante, a pesar de lo justo de estas reivindicaciones, el hecho de que intentaran trasladar la lucha por sus derechos al terreno de la lucha entre los sexos las llevó, a menudo, a un callejón sin salida. En 1848, por ejemplo, se celebró una asamblea de mujeres burguesas en Seneca Falls (New York); a pesar de que el tono de su declaración era muy enérgico, ni una sola vez se aludía al régimen social existente y se presentaba al hombre como el tirano, el ser omnipotente y autoritario, causante de todas las injusticias y opresiones que sufren las mujeres -La historia de la humanidad es la historia de reiterados prejuicios y usurpaciones por parte del hombre en perjuicio de la mujer, decían en su declaración-. Esto nos ofrece una pequeña muestra de la errónea concepción del mundo y de la historia que, desde entonces, acompañaría a las elaboraciones teóricas de las organizaciones feministas.

Empeñadas en demostrar que la mujer era totalmente igual al hombre -partían de que el reconocimiento de los derechos de la mujer dependía de ello-, cayeron a menudo en disparatadas afirmaciones. Cuando las organizaciones feministas del siglo pasado se enteraron que, en algunos puertos había mujeres trabajando como descargadoras, se regocijaron por ello y escribieron:
Una nueva victoria a añadir en la cuenta de la lucha por la igualdad de los derechos de la mujer. Mujeres descargadoras del puerto transportan junto a sus colegas masculinos cargas que pesan hasta 200 kilos.
En vez de denunciar la criminal explotación de que era objeto la mujer, sobre todo en la época del desarrollo del capitalismo y cuando todavía el movimiento obrero era muy débil para defenderse, tomaban como victoria lo que no era más que un escalón en la historia de la explotación de la clase obrera. Se olvidaron de la especificidad de la mujer; sólo consideraban su derecho a participar, en pie de igualdad, en la vida política, social y laboral, pero no tenían en cuenta el derecho a que se reconociera y protegiera su calidad de madre y más aún en unos momentos en que, por la brutal sobreexplotación a que eran sometidas y por la imposibilidad de cuidar a sus hijos, el futuro desarrollo de las generaciones de trabajadores estaba en peligro.

En cambio, las trabajadoras no podían olvidar esa realidad, como tampoco podían confundirse respecto al origen de todos sus padecimientos; de ahí que, paralelamente, se vaya configurando un movimiento de mujeres en torno a las organizaciones obreras; aunque hay que tener en cuenta que, en los inicios del movimiento obrero, cuando aún la clase obrera no se había configurado como clase con unos objetivos claros, la mujer trabajadora se encontró con la incomprensión de los mismos trabajadores. Así, por ejemplo, en numerosas ramas de la industria les fue prohibida la entrada por sus propios compañeros, se pedía su expulsión del trabajo y su retorno a la casa. El problema era enfocado de forma unilateral; sólo se veían las consecuencias realmente trágicas que acarreaba esta incorporación para la clase obrera en su conjunto: despido de la fuerza de trabajo masculino, descenso de los salarios en las ramas donde estaban empleadas mayoritaria mente las mujeres, consecuencias destructivas para la familia y la constitución física de las mujeres...

Los primeros que plantearon la necesidad de incorporar a las mujeres trabajadoras a la lucha por la emancipación de la clase obrera fueron los socialistas utópicos, entre los que destaca Flora Tristán; esta mujer se negó, de manera consecuente, a participar en el movimiento feminista burgués porque juzgaba que la cuestión de las mujeres era un asunto mucho más vasto y complejo y que no se iba a resolver, simplemente, con su acceso a la universidad y a las urnas.

Ahora bien, será con la aparición del socialismo científico cuando se Marx y Engels desarrollarán este tema en varias de sus obras, poniendo al descubierto la brutal explotación y las destructivas consecuencias que trae aparejado el trabajo industrial de la mujer para las propias mujeres y para la clase obrera en su conjunto; sin embargo, no se limitaron únicamente a denunciar sus manifestaciones -producto de la utilización que el capitalismo hace de la incorporación de la mujer al trabajo y no, como erróneamente se veía hasta entonces, del mero hecho de esta incorporación-, también y, principalmente, señalaron el alcance revolucionario que representa la inserción de las mujeres en la producción moderna;analice, por vez primera, la cuestión de la mujer científicamente, lo mismo en el aspecto de la familia y el matrimonio como en el trabajo.

En primer lugar:

  • Porque la convierte en compañera de lucha del proletario por una sociedad nueva 
En segundo lugar:

  • Por la superación y destrucción de formas de vida y concepciones atrasadas y por la construcción de formas y concepciones propias de una nueva y superior estructura social.


La influencia de las ideas marxistas entre los obreros afiliados a la I Internacional y la profunda y amplia propagación del Manifiesto Comunista sirvieron para que el movimiento obrero situara el trabajo de la mujer desde el punto de vista de su situación de clase; de esta forma, los recelos que existían en un principio hacia el trabajo femenino, desaparecieron y las reivindicaciones de la mujer trabajadora fueron asumidas. Las teorías bakuninistas y proudhonianas, que se oponían al trabajo de la mujer, fueron arrinconadas (Proudhon sostenía que las mujeres o eran amas de casa o rameras).

Muy pronto, en casi todas las secciones de la Internacional, se reivindicó el derecho de la mujer a ocupar un puesto en la producción industrial y, sobre todo, se luchó para que su trabajo fuera protegido y se prohibiese en aquellos lugares en que la toxicidad o la peligrosidad pudieran causar efectos perniciosos para su salud o la de sus hijos. Dos años más tarde de la publicación del Manifiesto Comunista (1848), las reivindicaciones de las obreras de la mayor parte de los países capitalistas podían resumirse así:

1) Acceso a los sindicatos en las mismas condiciones que sus compañeros

2) A trabajo igual, salario igual

3) Protección del trabajo femenino

4) Protección general de la maternidad.

Cuando en 1869, ocho mil hilanderas de Lyón, afiliadas a la Internacional, se declararon en huelga, recibieron el apoyo y la solidaridad de sus compañeros de clase en Francia y otros países, gracias a lo cual y su propia firmeza lograron imponer sus reivindicaciones. La chispa de la revolución había prendido en buena parte del proletariado francés que, dos años más tarde, proclamó la Comuna y llevó a cabo el primer intento de toma del poder.

Durante los dos meses de existencia de la Comuna, las obreras y trabajadoras de París defendieron con las armas en la mano, día a día y palmo a palmo, las conquistas de su clase. Cuando el ejército de la burguesía fue lanzado desde Versalles contra los insurrectos, las mujeres construyeron barricadas que defendieron con su vida. La represión que se cernió sobre el pueblo parisino por haber osado levantar la cabeza costó más de 100.000 muertos. Miles de hombres y mujeres fueron fusilados o enviados a la muerte en los campos de trabajos forzados de las islas del Pacífico. Entre los deportados se encontraba una de las insignes figuras de la Comuna: Louise Michel.


La enconada lucha de clases surgida en Francia supuso que, en este país, el movimiento feminista quedara postergado. Será en EEUU, Inglaterra y otros países capitalistas donde, por esa misma época, se organicen las mujeres de la pequeña y media burguesía bajo la consigna del derecho al voto, del derecho a elegir y ser elegida. La lucha, por ejemplo, de las sufragistas inglesas llevó a la cárcel y al exilio a muchas de ellas y adquirió, en algunos momentos, tintes realmente violentos.

A fines de siglo XIX, también las trabajadoras, alentadas por las mujeres socialistas, luchaban por la consecución del sufragio universal. Esta reivindicación adquirió importancia sólo en el momento en que la táctica del proletariado consistía en utilizar las instituciones burguesas contra las instituciones mismas. 

Para nosotras socialistas -escribía Clara Zetkin-, el derecho al voto de la mujer no puede ser el ‘objetivo final’, a diferencia de la mujer burguesa, pero consideramos la conquista de este derecho como una etapa importante en el camino que lleva hasta nuestro objetivo final, y que permitirá entrar en la lucha con las mismas armas al lado del proletariado.

El estallido de la I Guerra Mundial supuso un giro en la actividad y la orientación de la lucha de las mujeres; de nuevo se advierte la diferencia de posiciones entre las mujeres burguesas y las trabajadoras. Una de las principales dirigentes del movimiento feminista burgués declaró entonces:
Ha llegado la hora de dejar de luchar contra los hombres para luchar a su lado.

Las sufragistas encarceladas fueron amnistiadas y las más destacadas se hicieron responsables de organizar el reclutamiento de mujeres para sustituir la mano de obra masculina. En todos los países que participaban mientras las mujeres social-patriotas y burguesas se aliaban aliado de la clase dominante y hacían suya la ideología chovinista e imperialista, encubriéndola con el ropaje de amor y deber patriótico, las mujeres trabajadoras, agobiadas por la miseria que la guerra traía para ellas y sus familias, se veían obligadas a aceptar unos salarios de hambre, horarios interminables, condiciones de trabajo infrahumanas. Los capitalistas se aprovecharon de su falta de organización y experiencia en la defensa de sus intereses de clase para eliminar todas las reivindicaciones que la clase obrera había impuesto a través de largos años de lucha. Las mujeres pertenecientes a los partidos socialistas, que habían roto con los socialchovinistas y reformistas de la II Internacional, fueron las primeras en levantar su voz contra la guerra imperialista y en favor de la paz. Una buena muestra de esta actitud la tenemos en el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas, celebrado en Berna en 1915, ya en plena guerra; a él asistieron un buen grupo de bolcheviques encabezadas por Nadejna Krupskaia y otras muchas socialistas, como Clara Zetkin. El Congreso finalizó haciendo un llamamiento a la paz:
en la guerra, miles y miles de mujeres accedieron a un trabajo profesional cualificado, a las industrias de armamento, a oficios que les habían sido vedados hasta entonces. Pero esa participación masiva en el campo laboral no tenía la misma causa para todas;
Paz, paz, que las mujeres precedan a sus esposos ya sus hijos y que proclamen sin cesar: los trabajadores de todos los países son hermanos. Sólo esta voluntad será capaz de detener la matanza. ¡Sólo el socialismo es capaz de asegurar la paz en el mundo! ¡Fuera la guerra! ¡Viva el socialismo!

La rapacidad capitalista, el naciente monopolismo, había echado por tierra y había arrinconado la vieja palabrería acerca de la inferioridad de la mujer. Intelectuales, políticos, periodistas,... hacían coro con la clase dominante para llamarla a que cumpliera con sus deberes cívicos, para recomendarle que no se entretuviera demasiado ni en la cocina ni en las labores domésticas; ya nadie hablaba de sus deberes de La burguesía necesitaba cerrar filas frente a un enemigo que se alzaba peligrosamente: el socialismo. Las consignas de paz y revolución socialista cruzaban Europa. La miseria y los millones de muertos crearon una situación de crisis revolucionaria abierta. Los socialistas y comunistas, que agitaban en favor de la paz, eran perseguidos y fusilados, acusados de alta traición... Y, en la mayor parte de los países, estallaron motines e insurrecciones contra la guerra y en favor de la paz. En Austria, por ejemplo, en junio de 1916, una manifestación de mujeres contra la guerra y la inflación levantó por todo el país una insurrección que duró tres días. Por esas mismas fechas, las mujeres de París expropiaban los almacenes de víveres y de carbón; en otros muchos países, cientos de mujeres se tendían en las vías férreas para impedir el paso de los convoyes que conducían a los soldados al frente. En el ocaso de la Rusia zarista, las obreras participaban activamente en los movimientos huelguísticos; el 8 de Marzo de 1917, las obreras textiles de San Petersburgo se lanzan a la calle exigiendo pan y paz; meses más tarde, la clase obrera rusa toma el poder, instaura la República de los Soviets y declara la paz.
esposa y madre.

El triunfo de la I Gran Revolución Socialista marcó un hito en la historia de la clase obrera de todo el mundo. Por primera vez se demostró, en la práctica, cómo con la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y la inserción de la mujer en la producción de bienes sociales, en un sistema en el que no existen ya ni la explotación ni la opresión del hombre por el hombre, se crean las bases necesarias para que la mujer pueda desarrollar, plenamente, su personalidad como trabajadora y como ciudadana.



Fuente: "La mujer en el camino de su emancipación"