jueves, 2 de enero de 2014

Polarización del movimiento femenino (1873-1931): La burguesía y la cuestión femenina

En España, al igual que en resto de los países de Europa, el desarrollo del capitalismo y la incorporación de la mujer a la producción social van a ser los factores que creen las condiciones para la aparición del movimiento femenino. Ahora bien, dado nuestro propio desarrollo histórico, el proceso va a tener unas características peculiares.

Las primeras ideas acerca del problema de la mujer, no aparecerán en España hasta mediados del siglo XIX; este retraso, con respecto a los países de Europa, está motivado por el tardío desarrollo industrial de España y, por tanto, por la tardía incorporación dela mujer a la producción. No podemos olvidar que, en esta época, España seguía siendo un país semifeudal, con una economía fundamentalmente agrícola, lo que conllevaba la supervivencia en la sociedad de las ideas más reaccionarías y oscurantistas. Por otra parte, el fracaso de la revolución burguesa supuso un freno para el desarrollo industrial y económico e impidió la ruptura con las trabas feudales que aprisionaban a la sociedad,lo que tuvo una gran incidencia en el desarrollo del movimiento femenino. Es cierto que, con la proclamación de la I República, en 1873, se habían creado las condiciones para la formación y desarrollo de ese movimiento, pero su fracaso cortó para siempre esa posibilidad.

Así, la burguesía industrial republicana, al igual que no pudo mantenerse en el poder y realizar la revolución burguesa que tanto necesitaba el país, perdió también su oportunidad en el terreno de la mujer. Las mujeres de esta clase hicieron gala de una gran debilidad en lo que al tema de la mujer se refiere y fueron incapaces de desarrollar un movimiento feminista.

Como consecuencia de esta debilidad de la burguesía, en España, sólo las organizaciones obreras pertenecientes a la I Internacional, que habían sido fundadas en 1868, fueron capaces de dar una alternativa al problema de la mujer; por tanto, la cuestión femenina y sus reivindicaciones, quedaron en manos del proletariado desde los primeros momentos.

Esta situación conferirá al movimiento femenino en España una de sus características más peculiares: su polarización. Por un lado, y para impedir la incorporación de la mujer a la lucha revolucionaria y para conservar las tradiciones más negras, las clases dominantes y la Iglesia van a crear toda una serie de organizaciones y sindicatos católicos, con los que tratarán de canalizar y desviar las aspiraciones de emancipación de la mujer por los derroteros de la sumisión, a través del paternalismo y la beneficencia. Al margen y en lucha contra estas concepciones reaccionarias, el movimiento femenino -en manos del proletariado- va a ir aglutinando a un número cada vez mayor de mujeres que ven en la lucha junto a sus compañeros de clase la única solución a sus problemas.La cuestión femenina, planteada desde la posición de la burguesía, nunca se va a configurar en nuestro país como un verdadero movimiento de las características de las sufragistas europeas o norteamericanas. Únicamente van a surgir casos aislados de mujeres que plantean el problema desde posiciones vacilantes, muy tímidas e impregnadas de todos los prejuicios que reinaban en la sociedad. A pesar de que el conjunto de sus objetivos y planteamientos era muy limitado y, en muchos aspectos, con marcados tintes reaccionarios, tuvieron una importancia en su época y despertaron muchas incomprensiones y protestas, incluso entre las propias mujeres de su clase, ya que sus planteamientos rompían, en alguna medida, con las costumbres y normas impuestas por la moral clerical de la época.

Mientras el feminismo europeo llevaba ya mucho tiempo luchando por conseguir el derecho al trabajo -como forma de proporcionar a la mujer la independencia económica-y por conquistar unos derechos políticos que las pusieran en mejores condiciones de igualdad con los hombres de su clase, en España, las escasas mujeres burguesas que dejaron oír su voz se limitaban, fundamentalmente, a reivindicar el derecho a la instrucción. Sólo la revolución burguesa podía haber acabado con los prejuicios de la burguesía española respecto al trabajo, actividad que consideraban propia sólo de las clases más bajas. Este prejuicio afectaba especialmente a las mujeres y les impedía comprender la fuerza liberadora de una reivindicación tan necesaria como ésta; de ahí que, para estas mujeres la reivindicación esencial fuera la educación, porque veían que,a través de ella, la mujer iba a ocupar el puesto que le correspondía en la sociedad,mientras que el derecho al trabajo sólo constituía una necesidad para la subsistencia, pero en ningún momento un medio para la emancipación.

En el panorama socio-cultural español de mediados del siglo XIX, la reivindicación del derecho a la educación y la instrucción era justa y progresista. Ahora bien, las mujeres burguesas sólo reivindicaban este derecho para las de su clase; de hecho, nunca tuvieron en cuenta a las mujeres del pueblo trabajador quienes, en la práctica, no necesitaban liberarse de su ignorancia para acceder a los trabajos duros, embrutecedores y alienantes que la sociedad les tenía reservados. Las escuelas, eran lugares reservados exclusivamente a los miembros de las clases altas y media y, en ellas, las mujeres sufrían una total discriminación; la Universidad y los niveles superiores de enseñanza les estaban totalmente vedados (Concepción Arenal, por ejemplo, para asistir a algunas clases en la Universidad -no para estudiar en ella, algo que era completamente imposible-, tuvo que recurrir a varios subterfugios, entre ellos, el de disfrazarse de varón); a esto, se añadía la orientación dada a la reducida y minoritaria enseñanza que recibían, cuyos ejes eran las prácticas piadosas, las labores propias de su sexo y algún que otro complemento como baile, piano, etc

En una situación como ésta, el mero hecho de instruir intelectualmente a la mujer parecía ya un acto revolucionario que provocaba serios recelos y fuertes resistencias;yeso cuando, en un principio, los objetivos que se proponían eran sumamente limitados.Así lo demuestra, por ejemplo, la meta que se proponían alcanzar las llamadas Conferencias Dominicales para la Educación de la Mujer, celebradas en 1868:
convertir a la mujer en eficaz ayuda del esposo, hacerla buena educadora de sus hijos y permitirle influir en la sociedad por medio de la religión, las buenas costumbres y la urbanidad. Estas Conferencias fueron el primer paso en favor de la educación de la mujer; a raíz de ellas, se crearon la Escuela de Institutrices (1869) y la Asociación para la Enseñanza de la Mujer (1870). Muy lentamente, se va dando una evolución en los objetivos; se pasa, de intentar conseguir el reconocimiento del derecho de la mujer a la instrucción, a luchar por conseguir una igualdad con el hombre en los grados y en el contenido e incluso, más adelante, a exigir el derecho a poder ejercer todas las profesiones estudiadas. De esta forma, las mujeres de la burguesía no sólo defendían su derecho a satisfacer sus necesidades culturales, sino también que, en caso de tener que acceder a un puesto de trabajo, pudieran hacerlo de acuerdo a su estrato social; para ello, necesitaban una preparación y cualificación previas.

Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán son lo más representativo de lo que, en sus orígenes, el feminismo burgués ha dado de sí en nuestro país. Tendrán que transcurrir algunos años para que aparezcan unas ideas feministas más avanzadas, como fruto de un mayor desarrollo del capitalismo. Es precisamente en Cataluña, donde estas ideas son difundidas por Leonor Serrano.

Carmen Jiménez Castro
"La mujer en el camino de su emancipación"