domingo, 6 de octubre de 2013

Dos concepciones en torno a la emancipación de la mujer: La cuestión femenina

El sistema capitalista, a medida que ha ido avanzando, ha hecho añicos la antigua economía familiar en la que la mujer tenía una actividad productiva que le proporcionaba el sustento y daba sentido a su vida. Por ello, mientras subsistió este tipo de economía natural, la mujer no era consciente de su falta de derechos, de la discriminación que sufría en la sociedad y en la familia. Pero el nuevo modo de producción impuso a miles de mujeres la necesidad de buscar un sustento fuera de la economía natural y, así, tuvieron que dirigir sus pasos hacia la producción social.
Al empujar a la mujer a la producción industrial, el capitalismo crea las condiciones necesarias para que ésta tome conciencia de su situación y luche por su emancipación. Su trabajo, despreciado hasta entonces, pasa de nuevo a ser imprescindible para la sociedad y la mujer empieza a comprender la contradicción que existe entre su participación como fuerza de trabajo socialmente útil y su carencia absoluta de derechos en el orden político, social y, por supuesto, familiar, donde el marido ha dejado de ser ya el único sustento de la familia. Dicha contradicción va a ser el origen de la toma de conciencia que hará surgir un fenómeno completamente nuevo, la «cuestión femenina» y el consiguiente nacimiento de un movimiento de mujeres que, desde un principio, tomó dos direcciones: mientras que las mujeres de la burguesía formaron organizaciones feministas, las trabajadoras se fueron incorporando a las organizaciones obreras. Es necesario añadir que, al ser un producto exclusivo del modo de producción capitalista, no existe una cuestión femenina en la clase campesina [...] En cambio, podemos encontrar una cuestión femenina en el seno de aquellas clases de la sociedad que son las criaturas directas del modo de producción moderno. Por tanto, la cuestión femenina se plantea para las mujeres del proletariado, de la pequeña y media burguesía, de los estratos intelectuales y de la gran burguesía; además presenta distintas características según la situación de clase de estos grupos. Como se desprende de estas palabras de Clara Zetkin, la cuestión femenina está íntimamente ligada a las clases; tanto es así que, desde el primer momento, los movimientos de mujeres que surgen van a tener unas características, unos planteamientos y unas reivindicaciones propias, dependiendo de la posición de clase desde la que sean planteados.
Así tenemos que, para las mujeres de la alta burguesía, la cuestión femenina tenía un objetivo claro: disponer autónoma y libremente de su patrimonio. Como mujeres, seguían dependiendo de sus maridos y, aunque participaban del patrimonio, no podían disponer de él. La lucha se debatía, en consecuencia, contra los hombres de su propia clase. Clara Zetkin señalaba a este respecto: Mientras el capitalismo exista, el derecho de la mujer a disponer libremente de su patrimonio y de su persona, representa el último estadio de emancipación de la propiedad.
Para la pequeña y media burguesía, el problema se planteaba en el terreno del derecho al voto, el derecho a la instrucción ya poder ejercer cualquier profesión sin discriminación alguna. La mujer de las clases medias debe conquistar, ante todo, la igualdad económica con el hombre y sólo lo puede conseguir mediante dos reivindicaciones: la de igualdad de derechos en la formación profesional y la de igualdad de derechos para los dos sexos en la práctica profesional. Desde un punto de vista económico, esto significa la consecución de la libertad de profesión y la concurrencia entre hombre y mujer. La consecución de estas reivindicaciones desencadena un contraste de intereses entre los hombres y las mujeres de la media burguesía y de la intelligentsia. La concurrencia de las mujeres en las profesiones liberales es la causa de la resistencia de los hombres frente a las reivindicaciones de las feministas burguesas. Se trata del simple temor a la concurrencia; sea cual sea el motivo que se hace valer contra el trabajo intelectual de las mujeres: un cerebro menos eficiente, la profesión natural de madre, etc., sólo se trata de pretextos. Esta lucha concurrencial impulsa a la mujer, que perterlece a estos estratos, a la consecución de los derechos políticos, con el fin de romper todas las barreras que obstaculizan su actividad económica.
Hay que tener en cuenta un hecho; a medida que el capitalismo ha ido desarrollándose, el nivel de vida de estas clases ha ido descendiendo, lo que ha hecho cada vez más difícil a los hombres mantener ellos solos a toda la familia. Esto ha empujado a las mujeres de las familias más desfavorecidas a buscar un trabajo; para otras, no ha sido tan sólo la situación económica, sino que para ellas el trabajo era la única forma posible de desarrollar su propia personalidad. Así, pues, el problema se planteaba en la lucha contra los hombres de su propia clase por eliminar la discriminación que sufría en todos los terrenos: económico, social, político y familiar.
Para la mujer proletaria, por el contrario, su emancipación está inmersa en la lucha contra el sistema capitalista y al lado de sus compañeros de clase. Para las trabajadoras, el origen de la cuestión femenina parte de la necesidad que el sistema capitalista tiene de su fuerza de trabajo barata, para lo que ha roto las barreras de las diferencias de sexos y ha equiparado, en sus resultados productivos, la fuerza de trabajo femenina y masculina. Los capitalistas se han aprovechado de esta fuerza de trabajo mucho más barata y con un grado de organización y de experiencia de lucha mucho menor, para someterla a unas condiciones de trabajo leoninas. La obrera, con su incorporación a la producción, consigue la independencia económica y ya no tiene que depender del padre o del marido; sin embargo, no por ello mejora su situación; por el contrario, se hace aún más desesperada.
La lucha de la mujer trabajadora nunca se ha circunscrito a conseguir tal o cual reforma dentro del sistema capitalista; esto no quiere decir que, en ocasiones, no haya apoyado ciertas reivindicaciones del movimiento feminista, pero sólo como un instrumento para alcanzar su verdadero objetivo: la revolución socialista. La liberación de la mujer siempre ha estado ligada a la liberación de la clase obrera. Y, si en los inicios del movimiento femenino, la lucha de la mujer, al igual que la del resto de los trabajadores, se planteaba frenar la explotación capitalista y, en concreto, como mujeres, evitar que se pusiera en peligro su condición específica de madre, esta lucha siempre ha estado enmarcada en la lucha general por la revolución socialista, ya que las trabajadoras son muy conscientes de que nunca podrán alcanzar la igualdad y la plena participación en todos los aspectos de la vida mientras exista una sociedad dividida en clases, que presuponga la explotación del hombre por el hombre y la desigualdad para la mayoría en todos los terrenos.

"La mujer en el camino de su emancipación"

Carmen Jimenez Castro